
Si el cine es emoción, como proclamaba Samuel Fuller en “Pierrot le fou”, el póquer debe ser algo muy cinematográfico. La cuestión es que el cine también es construcción dramática expandida en el tiempo y eso ya no casa tan exactamente con ningún tipo de juego. Por eso no hay grandes películas sobre el ajedrez, ni el fútbol, póquer o baloncesto. En el juego la emoción es sólo el resplandor de un momento rodeado de abundantes ocasiones de aburrimiento o rutina y nada de eso puede, ni debe, ser llevado al cine ni a ningún otro arte narrativo con la excepción de ciertas novelas del pasado siglo.
El juego tiene algo que puede ser comparado con el buen cine como es el diseño de buenos personajes que reaccionan de manera peculiar en situaciones límites. Por eso cuando una película sobre juego, sobre póquer, cuenta con esos personajes, encuentra mucha mayor repercusión gracias a este elemento clásico del estilo cinematográfico que por la emoción desprendida del puro juego.
Parece que eso es lo que ocurre con “El rey del juego” y con “Rounders” que son, de lejos, los mejores ejemplos de cine sobre póquer. La primera la dirigió Norman Jewison aunque parece que fue empezada por Sam Peckinpah. La segunda es de John Dahl, que algo antes había hecho “La última seducción”, estupendo cine negro.
Me hubiera gustado que John Huston hubiera hecho una película de póquer sobre algún cuento de Hemingway, pero a ninguno de los dos se le ocurrió hacerlo. No conozco relato de Raymond Chandler que trate sobre el juego y es una pena porque su estilo y el de sus personajes son los que más hubieran reflejado los elementos intrínsecos del póquer.
Así que voy al Imdb, en Internet, y tecleo póquer (poker) en la casilla de búsqueda por palabras claves de los argumentos (plots). Me sale una buena lista. Veo que están “Maverick”, “El asesinato de un corredor de apuestas chino” (yo conozco a uno que es de Galapagar) y también la excelente “Casa de juegos” de David Mamet que sería mi favorita si su tema central fuese el póquer. Como no es así me centro en las dos mencionadas más arriba. Curiosamente vienen juntas y cuando miro ambas veo con sorpresa que tienen un improbable empate a 7.2 sobre 10 en el gusto del público que ha escrito sobre ellas y que es diez veces más numeroso en la película más moderna.
Hoy en día el mundo anglosajón está lleno de jugadores de póquer que comentan algo displicentemente el tratamiento que este juego recibe en la película interpretada por Steve Mcqueen. No hay duda que en cuanto a tratamiento real del juego “Rounders” es muy superior. Sus jugadas son reales, con vicisitudes que nos ocurren todos los días a los jugadores sistemáticos y que nada tienen que ver con las estereotipadas situaciones que nos plantea el “Cincinatti kid”, título original de “El rey del juego”. Entonces, 1.965, sólo se jugaba al five cards stud (el cincinatti lo llamábamos en España) que posteriormente evolucionó al seven cards stud y de allí al texas hold´em que es el actual que ha provocado una fiebre sin precedentes en la historia del póquer y al que yo le dedico cuatro horas diarias jugando simultáneamente cinco mesas en Internet. Muchísimo menos se jugaba hace cuarenta años y por eso los guionistas no tenían reparos en mostrar una tópica e improbable mano de póquer (cuatro cartas iguales) contra escalera de color (a mi sólo me ha ocurrido una vez en los dos millones de manos que llevo jugadas).
Si en cuanto al tratamiento del juego en Cincinatti es muy inferior, no lo es en cuanto al diseño de los personajes, atmósfera, localizaciones (Nueva Orleáns) etc, que son, todos, elementos más importantes a tener en cuenta en una buena película que el propio juego de la que ésta trata. “Rounders” tiene una buena caracterización sobre todo en el personaje que interpreta John Malkovich pero es más rutinaria en el resto de los elementos fílmicos centrándose preferentemente en las cuestiones del propio póquer que la hace ser favorita de los jugadores pero quizás no del gran público al que le llegó mucho más “El rey del juego”.
En ambas está el vértigo que producen los personajes enfrentados a situaciones tan abstractas como las que se derivan del juego. En ambas vemos a éste como metáfora de la misma vida: todo lo que ocurre en el póquer es una transposición casi literal de los argumentos que se desarrollan en la vida. “En el juego de la vida hay que jugar las cartas que te llegan” dicen en “Rounders”. Supongo que se refiere a que muchísimas veces hay que jugar sin ninguna esperanza de tener escalera de color.
Siempre que estudio las manos de mi hijo Oscar hago ver a los amigos, a los que se las mando por email, que las enseñanzas que de ellas se sacan no es a ganar con full (eso lo hacen todos) sino a saber tirar una mano que parece muy buena (pareja de ases con un rey de acompañante) porque Oscar está seguro de que ahora está perdido contra una escalera y que jugar bien al póquer es sobre todo saber cuando hay que tirar estas cartas, cosa que nadie de nuestros rivales hace. Entonces estoy más cerca de “Rounders”, con la realidad sorda, subterránea de jugar lo mejor posible las cartas que te dan. Entender esa jugada es entender el póquer y quizás entender la vida que normalmente no se explica con carteles luminosos llenos de escaleras de colores, que es el defecto del “Rey del juego”.
Pero cuando veo el aplomo que el dominio de este juego está produciendo en la personalidad de Oscar, entonces pienso en el Steve Mcqueen o incluso en el Edward G. Robinson del film de Cincinatti y Nueva Orleáns: de cada película, sus mejores cosas.
Cuando vi “Rounders” por primera vez tuve la extraña sensación de sentir la historia como algo conocido. El personaje de Matt Damon me recordaba a Juan Carlos Mortensen a quien yo enseñé a jugar al póquer y que estuvo buscando por Madrid la manera de encontrar el dinero que le permitiera jugar su primer mundial en Las Vegas. Esa intriga, que es la base de la película, se desarrolló de una manera más plácida en el caso de Juan Carlos ya que conseguí concertar con un grupo de amigos una banca suficiente para que “el niño” (así lo llamaban entonces) pudiera representarnos a todos en el torneo. En la película, a Damon le cuesta bastante más hacerse con esa banca y todo parecía como el mundo al revés: más difícil en Nueva York que en Madrid. Cuando al final de la película la cumbre dramática se cierra con su salida para Las Vegas a donde va como uno de los seiscientos más de aquellos años (seis mil participantes fueron el año pasado), también tuve la sensación de superar con nuestra historia el ambiente siempre irreal de una ficción cinematográfica: Damon triunfa simplemente porque consigue ir a jugar el Mundial, Juan Carlos también consigue ir a Las Vegas…y lo gana. Por una vez sentí que todavía el cine podía exagerar la ficción para parecerse a la vida, a nuestra vida.
Gonzalo García-Pelayo
Artículo publicado en la revista Kane 3
